Testimonio de Oreste Hidalgo Muñoz, egresado. “Si no fuese por la Ciudad del Niño, yo habría sido un delincuente” Oreste Hidalgo Muñoz es casado hace 16 años y padre de dos hijos, un joven de 15 y una niña de 10. Conoció a su esposa hace 20 años cuando aún estaba en la Ciudad del Niño, “sin ni uno”, como él mismo nos cuenta. Hoy, a sus 42, es trabajador independiente propietario de una empresa de aseo que inició hace 20 años. En esta entrevista, nos cuenta su historia… ¿Qué recuerdas de tu llegada a la Ciudad del Niño? Cuando llegué pasé por un hogar de permanencia. Existían varios hogares, había una casa donde uno llegaba y analizaban la conducta, el historial social y después de eso nos derivaban a otros hogares. Los niños que no tenían papá ni mamá generalmente se iban a las Aldeas SOS y en la Ciudad del Niño se quedaban los que sí tenían pero cuya familia estaba desintegrada. Punta de Parra era otro hogar donde se iban los niños más complicados, y así estaba todo ordenado. Yo llegué a la Ciudad del Niño y estuve nueve meses en ese centro de observación y diagnóstico. En la “casa chica” éramos 16 niños, tres los más pequeños y el resto todos más grandes. Yo tenía 11, y el resto 17 a 19 años máximo. Lo que más me impresionó al llegar fue ver al Papi (Monseñor René Inostroza) rodeado como de veinte niños, y todos se le tiraban encima a darle abrazos y besos. ¿Sabes que anhelo yo? Que en cada casa haya una foto de él, que es el fundador, para transmitir a esos niños por qué se creó la Ciudad del Niño. ¿Cómo fue la enseñanza que recibiste? Era una enseñanza muy distinta a la que hoy existe, ya que el número de personas está reducido. En esa época (’86 y ’87) no teníamos psicólogo, psiquiatra, ninguna asesoría personal, los únicos eran el Papi y el hermano Arturo, que para mí eran lo más valioso. En esa época me acerqué mucho a la formación católica, que era mi única alternativa. Entonces ya tenía un pensamiento distinto. Me acuerdo que fui guía de niños en los campamentos de verano, con 15 años estaba a cargo de jóvenes de 20 ó 22; después pasé a ser monitor de niños más pequeños, lo que me ayudó mucho. En eso me formó el hermano Arturo, un misionero que venía de Bélgica y que estuvo por años con el Papi. ¿Alguna diferencia o crítica entre tus años en la Ciudad y como percibes que es hoy? Lo que a mí me gustó es que pasé por distintas casas, y en algunas habían tíos relajados y en otras no tanto, y de los tíos estrictos aprendí mucho y creo que hoy esos tíos no cabrían en el sistema pues creo que la ley ha impuesto cosas que supuestamente no son buenas para los niños pero, ¿sabes qué? De mi generación puedo decirte que la mayoría se salvó. Tenemos de todo, pero la gran mayoría tiene trabajo, buenos puestos en sus empresas, algunos son independientes, más de alguno puede haberse perdido pero muy pocos, ¿por qué? ¿Por qué incluso sin especialistas, sin psiquiatras? Porque en esa época estaba plasmado en la esencia de cada tío lo que realmente el Papi quería que fuera la Ciudad del Niño. Yo creo que hoy el Estado ha menospreciado lo que realmente aporta este tipo de instituciones a la ciudadanía. Muchos políticos dicen que el Sename tiene que desaparecer, pero el Sename es una cosa muy distinta a estos hogares o Fundaciones que se formaron lejos de él, que fueron financiadas aunque no siempre en la totalidad de sus necesidades. Antes el Papi buscaba que el niño sintiera que ése era verdaderamente su hogar. Hoy, cuando veo niños que están en la calle con una pistola en la mano, niños que están robando, ¿por qué así como se crean escuelas de excelencia no crear hogares de excelencia? En vez de gastar dinero en un reo, preguntarse ¿por qué no se gastó ese mismo dinero por ese reo cuando era niño? Hoy esa persona no aporta nada a la sociedad. Si no fuera por la Ciudad del Niño yo hubiese sido un delincuente, porque mis amistades afuera eran muy distintas a las que tenía en el hogar. Creo que no se actúa inteligentemente, porque se debiese invertir en los niños entendiendo que son un proyecto de aquí a 15 ó 20 años más. En vez de eso se deja que el niño vaya a robar con el papá al supermercado, en vez de tomarlo, sacarlo de esa familia y tenerlo en un hogar, y si el papá realmente quiere a su hijo que lo vaya a ver, pero no que el hijo vaya a ver a su padre. En mi época el que quería iba a ver a su mamá y hoy prácticamente se está obligado. Muchos niños se quedan a dormir en la calle para no ir a la casa, y el que va a la casa llega totalmente soberbio y los tíos recién el día miércoles pueden encaminarlo, ¿para qué? ¿Para que salgan nuevamente el fin de semana y lleguen transformados para mal? Está como todo al revés, en vez de construirse el edificio desde el cimiento, desde la base, están haciéndolo desde arriba con un cimiento que no tiene fortaleza. ¿A qué edad dejaste la Ciudad del Niño? Cuando me tocó marchar, a los 23 años, yo mismo me acerqué al director en aquella época y le dije que consideraba que mi período de tiempo había pasado, que debía irme para que otro tomara la oportunidad. No era común que pasara esto, creo que en esa época sorprendí al director porque lo normal era que cuando daban la orden de irse se pedía más prórroga. Yo en el fondo no quería que alguien me dijera, “sabe, tiene que irse”, así es que me adelanté. Y al egresar, ¿qué hiciste? Estando en la Ciudad estudié ventas y publicidad en el Liceo Comercial B 22, y luego me apoyaron para que estudiara Administración de Empresas en DUOC. Ahí conocí a una compañera que me ofreció hacer aseo en una oficina, y así pude trabajar y estudiar nuevamente, esta vez para visitador médico. Cuando me fui ya hacía aseo en oficinas, arrendé una pieza, mandé a hacer mi cama, mi velador, y no tenía ni frazadas… Bueno, tengo que contar una anécdota… cuando me fui me llevé dos frazadas que aún conservo. Yo al menos estoy agradecido y nunca me he avergonzado, porque hay personas que se avergüenzan de haber estado en la Ciudad del Niño. Hoy, uno de alguna manera devuelve lo que le han dado, a veces fumigamos, hacemos varias cosas en agradecimiento. ¿Cómo iniciaste tu empresa? Comencé a hacer aseo en una oficina de 50 metros cuadrados, y a medida que el tiempo fue pasando ahorré hasta transformar ese trabajo en una empresa. Un día en mi trabajo pasó alguien vendiendo máquinas para lavar alfombras y como tenía ahorros la compré y de a poco comencé a tomar más clientes y así empecé a crecer y con el tiempo se dieron oportunidades que fui tomando. Actualmente tengo una empresa de control de plagas, hago fumigaciones, presto servicios de aseo en domicilios y oficinas. Mi nicho es la casa particular en los sectores de Lonco, Andalué, todos clientes profesionales, a quienes una vez al año fumigo las casas, limpio los vidrios, lavo las alfombras y esos mismos clientes me recomiendan con otros. Además de mis estudios, la misma práctica me ha enseñado a tratar con el cliente. Finalmente, ¿qué significó para ti la Ciudad del Niño? Antes de entrar al hogar era muy dependiente de mi madre, ella me defendía en la calle. Tuve que aprender a defenderme solo, no dejar que me pasaran a llevar, hacerme hombre, aprender a lavar la ropa, a planchar mis pantalones, a administrar mis recursos, aún no teniendo a mis padres que me fueran a ver porque no lo hacían, y sin embargo, cuando egresé siempre estuve con mi madre y hasta ahora he estado con mi padre y el rencor que quizá pude tener a los 17 ó 18 años se me acabó, yo creo que por la misma formación que me dio el Papi. En muchas oportunidades me tocó darle de comer cuando no tenía cerca a la persona encargada, incluso muchas veces fui con mi señora a hablar con él. Con cariño, también recuerdo la amistad que había entre nosotros los chiquillos, el estar en familia, los consejos que nos daban los tíos, eso es algo que llevaré guardado siempre. Comunicaciones, Fundación Ciudad del Niño Ricardo Espinosa